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lunes, 12 de mayo de 2008

Está duro el desempleo...

Ustedes no saben lo que es estar "en el paro"... Estadísticas van y estadísticas vienen, y las discusiones sobre la cantidad de gente sin trabajo pueden durar horas... pero ustedes no han tenido que ver, como yo, a un superhéroe debajo de un puente, dando lástima en lugar de estar salvando gente, o al menos protagonizando sagas cinematográficas...

Iron Man quizás tuvo que ver en esto... O la enésima edición de Batman, que por ahí viene rodando. Está claro en todo caso que tres entregas de sus aventuras no fueron suficientes para garantizar al arácnido una estabilidad laboral a largo plazo...

sábado, 10 de mayo de 2008

Comida rápida...

Bueno... tan rápida como el tráfico le permita avanzar a esta camionetica (de la ruta al Hospital Universitario: un paciente que se quedó sin almuerzo). En cualquier caso, esta señora no se va a dar mala vida por que los atascos le retrasen su hora de comer.

Por otra parte... ¿No será esto una lógica evolución de los servicios a que nuestra característica habilidad de "resolver" nos ha acostumbrado en las calles caraqueñas? Primero, la venta de caramelos, luego, ¿por qué no? la de almuerzos completos...

Una vuelta de tuerca al concepto de fast food. Carne guisada y yuca to go.

domingo, 10 de febrero de 2008

¿Accidente con moto? Mejor cuéntame algo nuevo...

Ya se va haciendo común: en cada esquina, en todas las avenidas. Un incidente por el que no vale la pena hacer revuelo. Un paisaje caraqueño típico, como el chichero de la UCV, como la gente durmiendo en cada portal, como los huecos, como el festival de basura, como... (corto acá para no agotar el tema de las futuras postales).

domingo, 20 de enero de 2008

¿Qué hacer con esas fotos de celular?

That's right. Postales. Así me quito de encima (del cel y de la cabeza) esos "momentos Kodak" que se suelen pescar por la calle sin previo aviso, así divulgo como buen ciudadano las bondades de nuestra ciudad... ¡Haz clic para verla más grande, y colecciónalas, ja ja!

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Pa' que no estorben...


—Jefe, ¿dónde ubicamos estos contenedores de basura?

"Coño, este tipo si es bruto", pensó el jefe; luego le dijo:

—¡Coño, tú si eres bruto! Colócalos cerca de la esquina, pero en un sitio poco transitado, que la gente casi no utilice, para que no sean un estorbo...

Pero él tampoco era tan bruto: fue y los colocó exactamente en el lugar más acorde con las instrucciones. En donde comienza el rayado peatonal, plena esquina de Candilito de la avenida Urdaneta.

viernes, 10 de agosto de 2007

Palabras para la posteridad, pero con anterioridad


¿Qué sería de nosotros sin los iluminados intelectos de quienes nos gobiernan? ¿Dónde estaríamos sin esas poderosas mentes abriéndonos el camino hacia el progreso con cada preclara palabra que sale de sus bocas? Por suerte, algunos conscientes cronistas citadinos han tenido la patriótica previsión de inmortalizar en duraderas placas cerámicas, emplazadas en sitios públicos, esos pensamientos sin los cuales vagaríamos en la penumbra del desconocimiento y la incivilidad.

Sirvan pues las sabias lucubraciones —firmadas y todo, que le da un nosequé de extracto de obras completas— del alcalde Freddy Bernal como potente faro (incluso para guiar automóviles, pues esto es en la autopista), para que nos conduzcamos por el angosto pero provechoso canal rápido camino del orden. ¡No esperemos nunca más a que los tediosos años den el bruñido de "famosas palabras" a lo que nuestros oídos tienen la ventura de escuchar en el presente, y démosle con prisa el indiscutible, merecido hombrillo pedestal ciudadano!

Por si la foto se ve poco (amplíese con un clic sobre ella): "Sólo con conciencia y participación ciudadana, lograremos recuperar nuestra ciudad" Bernal. Ah, la inspiración inmortalizada. Qué libros ni qué próceres ni qué nada.

viernes, 29 de junio de 2007

Hola, pared...

Hay un carajo en mi trabajo, que solía ser portero de mi piso para más detalle, que no me traga. O eso creo; yo, por mi parte, no le tengo más reserva que la que reservo para quienes se tragan la lengua como toda respuesta de un simple saludo que les ofrezcas.

De verdad: el tipo está solo, en un escritorio frente a la puerta de mi oficina, cualquier mañana. No está leyendo nada, no está hablando por teléfono. Es él, el escritorio, y la pared de enfrente. Y paso yo con mi cara de vendedor de enciclopedias, suelto en su dirección un buenos días —normal: ni muy meloso, ni muy confianzudo, ni muy retador. Un buenos días neutramente vocalizado, de libro— y en ese instante el peso del bigote que le cuelga de la nariz se le hace terriblemente pesado: su cara se precipita hacia el escritorio en el momento preciso para obviar que le saludé. En el trance de yo circular frente a él, puede encontrar los más fascinantes y nuevos detalles en la veta mentirosa de Formica marrón de la mesa frente a él, de suerte que casi siempre termino contestándome yo mismo, mentalmente, el saludo.

Tengo vecinos de la misma madera. Y los ves siempre, te los encuentras a cada rato: en un pasillo, en el ascensor. Tropiezas de frente con ellos. Y no hay manera: le busques la mirada, o hagas la típica apretada de labios moviendo la cabeza en un silencioso (el saludo más serio, menos exigente), o declares a voz de cuello un saludo general. Se quedarán así, tan pintados. O mejor aún, buscarán zancudos en el espejo, detallarán en su mano las llaves de la casa (¡que nunca habían visto!), o tararearán alguna tonada inventada para la ocasión. No muy alto, tampoco, que aunque se creen solos en ese momento, tampoco quieren quedar como locos.

¿Por qué? De antemano declaro mi absoluta certeza de que no soy monedita de oro. Quienes me conocen saben que no ando colgado de los hombros de la gente, ni me ando hermanazando o compadreando cada dos por tres. Algunos me tildarían, incluso, de huraño —"Ayer te vi por la calle, llevabas car'e culo" es una frase que he escuchado algunas veces— Pero mi barnicito de buenas maneras tengo. De urbanidad, de empatía social. Reconozco la presencia de otro ser humano en la cercanía de mi espacio, respondo a ese estímulo sensorial.

¿Cuál razón tienen tantas personas para quedarse con su cara de estatua de cera cuando, al ser la única en un ascensor donde te montas, les dices bueenas... o buenastardessss o quetalcómoestá? ¿O cuando ellos mismos son quienes se acercan a uno en una oficina, un pasillo? ¡COÑO, que no soy un florero! ¿He peleado contigo? ¿Me tienes arrechera, o me conoces siquiera para tenérmela? ¿Le tienes rabia a los calvos, le tienes asco a mi perro, crees que te miro por sobre el hombro por ser portero, te cayó mal el desayuno, no ves a Linda desde hace dos meses? Un día, lo juro, me pondré la tarea: tengo que averiguar por qué...

viernes, 18 de mayo de 2007

Just checking...

— Señor, ¿de qué tiene las empanadas?
— De carne molida y de queso.
— ¿De carne mechada no tiene?
— ...

viernes, 4 de mayo de 2007

Una de ciudadanos matutinos


Déjame comeme unos pastelitos en este kiosko... La moto, aquí. Tá medio atravesada, pero es que si no, no la veo, y la cosa tá fea... "¿Qué, no cabes por ahí? Pajúo, da la vuelta. La cera es de todos... Señora, deme dos". Ajá, aquí hay par de banquitos: uno pa' mí, el otro pa' mi casco. Eeeerga, ahí viene otro carajo a comé: déjame ponele car'e asesino pa' que no diga nada, nojoda. Ya yo llegué, que coma parao...

martes, 21 de noviembre de 2006

Estampa céntrica


El tipo sale de la licorería de la esquina con cuatro cervezas frías, dos en cada mano, las botellas colgando de entre sus dedos por los picos. El pelo a pinchos negro deja entrever el cráneo brillante, tal vez por el sudor que también le baja por la frente y se adivina bajo la franelilla blanca, holgada y por fuera de un pantalón azul oscuro que completan una figura baja, rechoncha y joven. Su mirada baja, su expresión de diligencia hecha, de encargo cumplido, de que le toca una de las cuatro y de que se la merece porque hay que ver lo que es trabajar con esa pepa 'e sol.
Es martes por la tarde, y ese sol rabioso hace que el líquido dorado brille entre las personas que a esa hora se apuran de aquí allá, en sus quehaceres de hora y día de trabajo, y se le cruzan al tipo sin verlo, o tal vez echándole un rápido vistazo de disimulada envidia.
De tras el kiosko blanco de periódicos que está a pocos pasos de la licorería se desprende un chamo delgado, la cara quinceañera un terreno fértil del acné, pantalón también azul oscuro, chemise celeste de uniforme liceísta, el paso apurado hasta sincronizarlo con el del tipo, junto a quien abre su morral negro y harapiento, como enseñándole el escaso contenido. El tipo, que ya no parece tan tipo y que ahora suelta una mueca de socarrona risa adolescente idéntica a la de su amigo, mete en un solo movimiento ambas manos en el morral, como clavando cuatro banderillas cristalinas y frías en la piel de un torro con cierre en el lomo, y en un acto de magia barata las manos salen con un bulto celeste entre ellas: la chemise del uniforme que en un instante lo igualará al quinceañero, tan pronto se la encaje en tres rápidos movimientos, no sin antes pasársela rápido por la frente para enjugar unas gotas del sudor tal vez producido por la rápida jugada o tal vez por el calor que, en la plaza cruzando la avenida, aliviarán ya de otra manera, como se lo merecen bajo esa pepa 'e sol.